Ayudar a mejorar la autoestima de nuestros hijos

Ayudar a mejorar la autoestima de nuestros hijos

Es recurrente la preocupación de los padres en relación a la autoestima de sus hijos. De hecho, es esta, la mejora de su autoestima, una de las demandas más habituales en las primeras sesiones de psicoterapia u orientación familiar. Quererse a uno mismo, tener una buena percepción de nosotros mismos, aceptar nuestras características sin clasificarlas como positivas o negativas (buenas o malas…), sentirnos capaces, eficientes y poderosos… estos son algunos de los objetivos que más a menudo trabajamos en terapia con pequeños y mayores.

La autoestima se conforma, en parte, a través de lo que aprendemos de nuestras relaciones primarias, es decir, con nuestros padres y madres. Heredamos a través de este aprendizaje patrones de pensamiento, interacción y acción, a veces saludables y otras veces no tanto, pero en cualquier caso susceptibles de identificación y cambio. Por eso, el modo en que nos tratamos a nosotros mismos y a los que tenemos alrededor influye de forma importante en cómo aprenden a relacionarse nuestros hijos consigo mismos  y con el resto. Con este artículo nos gustaría ofrecer algunas herramientas y recursos con los que poder adoptar una mirada amable, ecuánime y realista con la que percibir a nuestros niños (ya ayudarles a percibirse) de un modo sano y equilibrado.

Tratarte bien es enseñarle a tratarse bien

Un buen comienzo será analizar la forma en que nos tratamos a nosotros mismos. Ver si tenemos hábitos destructivos, como ser extremadamente crítico con uno mismo, centrarnos en nuestros aspectos ‘negativos’, compararnos con los demás, exigirnos y llevarnos hasta el límite, no tener en cuenta nuestras necesidades, hablarnos de un modo despectivo, anteponer los deseos de los demás a los nuestros de forma habitual, despreciar nuestra propia presencia evitando continuamente hacer cosas o estar a solas… O si de lo contrario tendemos a apreciar nuestras cualidades, somos respetuosos con nosotros mismos, nos dedicamos tiempo, nos hablamos con delicadeza, tenemos en cuenta nuestros deseos y necesidades, ponemos límites saludables… Estos hábitos de interacción con nosotros mismos los transmitimos continuamente a nuestros hijos, que, en parte, aprenden a tratarse a sí mismos de forma similar a como nosotros lo hacemos.

Sé consciente de lo que le transmites con tus acciones

De la misma forma, será de ayuda analizar que mensajes les estamos transmitiendo con nuestras palabras y acciones. Estos mensajes son muy poderosos, porque calan profundamente en ellos. Estar muy encima de ellos, asumir tareas que ellos pueden hacer o decirles exactamente cómo deben de hacer las cosas, por ejemplo, transmite un mensaje de incapacidad y de inefectividad. En lugar de esto, promoviendo la adopción de responsabilidades ajustadas a su edad y capacidad, intentando ser lo más realistas posible, practicando la paciencia y siendo respetuosos con sus ritmos y tiempos, les estaremos diciendo que son merecedores de nuestra confianza (y por lo tanto de la suya), que son capaces de hacer las cosas bien a su manera, y que pueden ayudar y contribuir en el bienestar familiar (son útiles y valiosos).

Cuida lo que le dices

Cuidar la forma en que nos dirigimos a ellos será muy necesario también. El diálogo interno que desarrollen se basará en gran parte en los diálogos externos que mantengan con los demás. Las estructuras de estos diálogos se interiorizan e integran, y contribuyen en la conformación de sus patrones de interacción (propia y social). Esforcémonos en hablarles de un modo amable, cuidando las palabras que usamos, de la forma más respetuosa posible.  Evidenciemos sus logros, por pequeños que sean, y démosle un peso ajustado y realista a sus errores. Hagámosle saber que nuestro amor por ellos es incondicional, y apliquémoslo frecuentemente, día a día a ser posible, de un modo coherente. De nada sirve decírselo a menudo si, a la que se equivoca (tiene una pataleta porque no sabe gestionar su frustración, por ejemplo), le alejamos y le transmitimos que no queremos verle, hablarle o estar con él, o que no es digno de nuestro cariño. Para ello, aprender a enfadarnos o frustrarnos a la vez que regulamos lo que hacemos y decimos, nos será inmensamente de ayuda. Enfadarse y hablar correctamente, con respeto, tratando de tener un tono firme pero suave, expresando claramente lo que sentimos y lo que queremos, buscando el contacto ocular y el entendimiento…  no es tarea fácil, pero es posible con esfuerzo y constancia.

Enséñale a quererse

Muéstrale y ayúdale a ser consciente por sí mismo de sus cualidades y limitaciones. No se trata de focalizarse en lo ‘bueno’ y dejar de lado lo ‘malo’, ni mucho menos. Lo ideal es desarrollar una percepción realista y equilibrada de uno mismo, aceptando nuestras (sus) características en conjunto, siendo consciente de ellas, tratando de no etiquetarlas ni juzgarlas. No es querernos (o quererles, o que se quieran) en función de lo que hagamos (o hagan) ni de lo que consigamos (o consigan); es querernos (o quererles, o que se quieran) por quienes somos (son). Es elegir y usar los recursos que tenemos (que tienen) en cada momento, asumiendo que habrá errores y frustraciones de los que aprender, y estando abiertos a ellos todo lo posible. Es huir de la comparación con los demás, para buscar ser conscientes de nuestra (su) evolución como personas y focalizarnos en nosotros mismos (en ellos) y en nuestras (sus) circunstancias, desde el respeto y el cariño incondicional.

Mireia Valera

Psicóloga General Sanitaria. Especialista en Psicopatología Clínica y Terapia de Tercera Generación

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